Mareo y ansiedad: cuando la sensación de inestabilidad se vuelve un síntoma persistente

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Todo empezó con un mareo. Un instante de inestabilidad, una sensación extraña en la cabeza. Pensé que era algo puntual, quizás por no haber comido bien o por el cansancio acumulado. Pero al día siguiente, volvió. Esta vez, más intenso.

Era difícil de describir. No era el típico mareo de dar vueltas como en una montaña rusa, sino más bien una sensación de ir flotando, como si el suelo estuviera blando o como si me tambaleara al caminar. Intentaba hacer mi día con normalidad, pero cada vez que me levantaba rápido o giraba la cabeza, la sensación volvía. No era un mareo fuerte, pero era constante, como si algo en mi equilibrio estuviera fallando.

La primera vez que fui al médico, me hicieron una exploración rápida y me dijeron que no parecía nada preocupante, quizá una bajada de tensión, algo pasajero. Pero el problema no desapareció. Los días siguientes empecé a obsesionarme con la idea de que podía tener algo serio. ¿Y si era un problema en el oído interno? ¿O peor aún, algo neurológico?

La preocupación hizo que me fijara aún más en cada pequeña sensación en mi cuerpo. Si notaba que al girar la cabeza había un leve aturdimiento, me quedaba quieto analizando la sensación. Si al caminar tenía la impresión de que el suelo estaba irregular, me concentraba en cada paso, esperando perder el equilibrio en cualquier momento. La sensación de mareo ya no era solo física, sino que ocupaba mi mente las 24 horas del día.

La trampa del mareo en la ansiedad

Después de varios chequeos médicos y pruebas neurológicas que salieron normales, un médico me mencionó algo que no esperaba: “Esto puede ser ansiedad”.

No lo entendí al principio. ¿Cómo podía la ansiedad provocar algo tan físico? Yo siempre había pensado que la ansiedad era nerviosismo, preocupaciones, pero no algo que pudiera hacerme sentir que estaba a punto de desmayarme.

Pero lo cierto es que la ansiedad puede alterar el sistema nervioso de formas que parecen completamente físicas. Cuando el cuerpo entra en un estado de hipervigilancia, el cerebro se vuelve más sensible a cualquier sensación.

En mi caso, el mareo tenía varias explicaciones relacionadas con la ansiedad:

1. Hiperventilación sutil: Aunque no me daba cuenta, al estar ansioso respiraba de forma más superficial y rápida. Esto cambiaba los niveles de oxígeno y dióxido de carbono en la sangre, provocando sensación de aturdimiento y ligera inestabilidad.

2. Tensión muscular en el cuello: Pasaba horas con la mandíbula apretada y los hombros rígidos. La musculatura cervical estaba en constante tensión, lo que afectaba la circulación sanguínea en la cabeza y aumentaba la sensación de mareo.

3. Hipervigilancia: Cada vez que notaba un mínimo mareo, mi mente entraba en alerta máxima, analizándolo en exceso. Esto hacía que lo percibiera con más intensidad y generaba más ansiedad, cerrando el círculo.

El ciclo del miedo y el mareo

El mareo en la ansiedad no siempre es constante, pero tiene un patrón. Puede aparecer en momentos de estrés o incluso sin una causa evidente. Pero una vez que el miedo entra en juego, la sensación se refuerza.

Cuando me di cuenta de esto, empecé a notar algo curioso: los días que estaba distraído, el mareo era menos intenso o desaparecía por completo. Pero si pasaba el día analizando mi equilibrio o pensando en si me iba a marear, ahí estaba de nuevo, como una sombra que no se iba.

Había entrado en un ciclo de retroalimentación:

1. Sentía un leve mareo.

2. Me preocupaba, lo analizaba, me preguntaba si era algo grave.

3. Mi cuerpo reaccionaba con más ansiedad, lo que aumentaba la sensación de inestabilidad.

4. El miedo crecía, mi respiración y postura se volvían más tensas, reforzando el síntoma.

5. Volvía a notar el mareo con más intensidad, cerrando el círculo.

Cómo rompí el ciclo del mareo por ansiedad

Salir de este bucle no fue fácil, pero hubo varias estrategias que ayudaron a que la sensación desapareciera poco a poco:

• Dejé de comprobar mi equilibrio a cada momento. Si caminaba, intentaba hacerlo con normalidad sin analizar cada paso.

• Regulé mi respiración. Practicar la respiración diafragmática ayudó a evitar la hiperventilación sutil.

• Solté la tensión del cuello. Masajes, estiramientos y ejercicios para relajar la zona cervical marcaron la diferencia.

• Aprendí a ignorar la sensación. Si me mareaba un poco, me recordaba que ya sabía qué era y que no pasaría nada.

• Reduje la hipervigilancia. En lugar de buscar constantemente información sobre enfermedades neurológicas, me enfoqué en otras actividades.

Poco a poco, la sensación perdió su poder. No desapareció de un día para otro, pero cuanto menos me obsesionaba con el mareo, menos lo notaba. Hasta que, un día, me di cuenta de que llevaba semanas sin pensarlo.

Conclusión

El mareo en la ansiedad puede ser una de las sensaciones más desconcertantes y aterradoras, porque engaña a la mente haciéndonos creer que hay algo físicamente mal en nuestro cuerpo. Pero en la mayoría de los casos, no es más que el resultado de un sistema nervioso en alerta máxima.

Si las pruebas médicas han descartado problemas neurológicos o vestibulares, el siguiente paso no es seguir buscando una enfermedad, sino empezar a entender el papel que juega la ansiedad en el cuerpo.

Porque muchas veces, el verdadero problema no es el mareo en sí, sino el miedo que sentimos al experimentarlo. Y cuando dejamos de temerlo, pierde su poder.

Dr. Lerma Carrillo

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